domingo, 16 de diciembre de 2007

Simulacros

...pinté un campo sembrado, con las plantitas ya un poco altas. A mí el campo siempre me gusto. ¿A vos no te gustaría vivir en el campo?
-¿A mí? No sé, creo que no. Me aburriría. Creo que me pondría triste, sobre todo por las tardes.
-Sí, yo también, pero de todos modos me gustaría así que lo pinté. Pinté un campo sembrado como el que se vería desde la ventana del comedor si yo viviera en el campo. No me salió muy bien porque no sé pintar, no había pintado nunca nada, pero me gusta; cuando lo terminé y lo mire, me gustó.
-Sí, tenés razón, uno tendría que poder pintar lo que quiere, aunque no le salga bien.
-Claro, es mucho mejor que soñar que una está en la punta de un mástil y que el mástil se mueve.
-¿Vos soñás eso?
-A veces.
Se había terminado el café. Miraron la cafetera los dos, sin decirse nada. El sol seguía entrando por la ventana del living. En el cuadro las plantitas se movían, ondulaban bajo el aire de la mañana y había olor a salvia y a agua y ruidos en la tierra de pequeños animales que se deslizan entre las raíces y gritos muy lejos y las ruedas de un carro sobre la huella endurecida del camino y el runrún de la seda de las flores doradas y los plumeros de los cardos, esperando. Por la ventana de la cocina blanca la cortina blanca colaba la luz del jardín. En el otro jardín zumbaba un molinete regador. Nadie pasaba a esa hora por la vereda. A nadie le hubiera llamado la atención el silencio.



Inclinada sobre la mesa blanca Silvia se puso a llorar despacito .


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