
Lo que sale de los labios, lo que nos induce a pronunciar palabras, frases, promesas, finales, principios, queda en el recuerdo y suena incesantemente en algún momento desde la memoria (esa maldita traidora que se venga de nuestros errores o de yerros ajenos) que sabe a dolor o placidez. Y a veces nos envilecemos, otras nos enternecemos, siempre creemos ser claros, nunca tropezamos con la duda del otro, porque nunca imaginamos que nuestros pronunciamientos sean confusos, contradictorios, caprichosos, cobardes, egoístas, piadosos. Nos olvidamos, nos abruma que se olviden de nuestra voz, de nuestros susurros, de nuestra gloria de un segundo a la intemperie del desnudo del alma, de nuestra sinceridad y complicidad, de nuestro auxilio, de nuestro minuto de razón, de sinrazones. Modulamos en los oídos lo que más nos entrega, lo que nos deja expuestos, lo que tenemos de vencidos y de terreno usucapido, de marioneta, de prolijos hijos de la obediencia, de increíblemente pueriles ante los sonidos que dejamos escapar en nombre de los sentimientos. Y callamos, pero con labios apretados también somos diáfanos, perceptibles, huidizos pero ciertos. Y comenzamos por dejar de oír, para no tener que decir, y dejamos de escuchar para no creer y dejamos que se pierda lo hallado, para dejar de esperar promesas, para aceptar finales, renunciar a la presencia y renovar lo perdido. Labios que duelen y huelen a lo agrio de la desesperanza.

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