
Nos dibujamos en tenues pinceladas de esperas, confesiones, elogios.
Nos soñamos.
Él viene hacia mí desde cualquier brisa candorosa, despliega sus huracanes de deseos y se va tras algún aroma a nueva libertad.
Nos pertenecemos desde mucho y desde el más profundo pensamiento.
Nos imaginamos hundidos, entrelazados, añorándonos, aunque nunca hayamos dejado huella en nuestras arenas.
(Aún cualquier estrella sublima el cantar de los grillos y juega con las noches de ilusiones postergando, inmerecidamente, el instinto de los lobos que nos auguran desde nuestras voces, todos nuestros encuentros en cualquier rincón).
Nos humedecemos los labios llenos de miradas que se nos clavan en el pecho, a pura caricia y a la misma distancia que la que se sobrevuela hasta el horizonte.
Nos imaginamos para siempre en esas promesas de no perdernos, de no olvidarnos más que lo necesario para seguir.
(Las olas hunden su espuma y dejamos que los tiempos marquen el sentido de ir y venir)
Aprendemos a saber lo inexorable de parecernos semejantes y aún perecemos todos los días, un poco, por no hallar la equidistancia de nuestros sabores.
Somos lo categórico de querer aparcar nuestro destino, de a ratos, de tanto en tanto, de a veces, para mirarnos, para escaparnos, para prometernos silencios, porque en la cadencia de nuestros cuerpos se dibuja la anatomía del otro despojada de cualquier veleidad más que aquella que huele a necesaria y hasta indispensable.
(....porque sabemos que sabremos, cómo reposar tanta fatiga en nuestros brazos extendidos...)

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