
No se distinguía su voz oscura ni su mirada horizontal.
Volvía sin reproches y sin alegrías.
Mientras miraba por la ventana seguía mi figura a través de los vidrios, de los oscuros laberintos, de los endemoniados espejos inexistentes, pero que poblaban su mirada.
Carraspeó, se acomodó el sueter, apoyó los codos en la mesa y mientras se frotaba las manos, me llamó a su lado.
Dí vueltas en derredor para espantar su interés y me acerqué hasta el otro lado, distante y distanciada.
Afuera los narcisos se cuadraban para ver desde el suelo, lo que podía acontecer.
La brisa hacía lo suyo mientras desde un suspiro, sentenció:
- Aún te quiero mucho y muy a mi pesar.
Flotaban las gotas en el aire sin atreverse a rozar la tierra. Se empañaron las sombras, humeaba una cacerola en la hornalla y tintineaba la tapa vaporosa, igual que mis dedos sobre el respaldo de la silla.
- Ya lo se, le dije, tomé el picaporte y salí.
Era una bella manera de comenzar desde el final, desde los precipicios, desde las esperas.
Miré la lluvia que me empapaba y sólo percibí su contorno al lado del muro gris de la oportunidad.
-No va a parar hasta dentro de mucho tiempo, dijo.
- Lo se, contesté observando mi reflejo en el charco que iluminaba el cielo encapotado.
Él había vuelto desde su mirada que espejaba el pasado mientras el cielo prometía un largo luto tras el abismo de mi llanto.
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