
Se instala despaciosamente y exhala un alivio apoyando el bolso sobre la mesa. Viene del recuerdo y de la intemperancia. Va hacia algún lugar que la exima de erudición y desafíos. Quiere brisas cálidas que la acechen, portavoces de bondades, gestos inicuos pero profundos, susurros, poesía y narraciones puras, milímetros de paciencia y un amor que entienda de tempestades para no provocarlas. No busca adioses, ni cólera. Quiere que la armonía de su andar se confunda con una melodía tenue pero eficaz. Quiere silencios, dibujos en el aire, sombras en la luz, árboles en flor, libros que se dejan leer, miradas convocantes, sueños en proceso de cumplimiento. Desea, desde que entró a su hogar no ser enfundada en misteriosas virtudes, no ser elevada ni arrastrada. Desea de una vez por todas ser tan libre como para enfundar los no y los sí sin complacencia y porque sí nomás, sin explicaciones.
Desbarata el interior de sus pertenencias y entrega sus manos a una función de acariciar lo que se halla arrugado. Guarda los dolores y se asoma a la noche desde un piso once que la desnuda y la emociona.
Viene del recuerdo pero pisa precavidamente lo que se le aparece como posible.
Dobla y guarda su alma en un cajón del armario. Se siente ligera, omnipotente y suave.
(Su rostro no tiene huellas del ayer...
...los espejos aún no la han reflejado)
*****

No hay comentarios:
Publicar un comentario