
Y todo viene a cuento de que hasta los supuestos intelectuales abominan los hechos porque desdeñan el análisis fundante de los sucesos. Se quedan con la anécdota, la obviedad, la estupidez, el perogrullo.
Hay formas claras que dejan la posibilidad de desgranar los increíbles problemas que atravesamos como país que nos podrían erguir en seres más reflexivos. Pero todo se acondiciona para quitar envergadura a lo trascendente, a lo venal, a lo terrible, sólo para olvidarnos un ratito que nos pasa lo que nos pasa, (y seguirá sucediendo) porque nuestra sociedad está atravesada por el lucro.
Y con el lucro no se juega. Antes la vida.
Pocos, muy pocos pueden escapar al chiste revulsivo y cliché.
(Que alguien los perdone por mí si puede hacerlo para sí)
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