jueves, 27 de diciembre de 2007

desencantadores



¿De dónde surge que la alegría y la escasa contemplación de nuestras miserias es lo que se espera de nosotros? Creo que se hace indispensable ser tristes para poder tensar nuestra propia cuerda y sonar desarmónicamente la más de las veces; untarnos de desdicha, esa que llevamos; ser frágiles a la locura; no huír del desconsuelo; tiritar de frío, en lo inhóspito de un espíritu que no tiene sosiego.
Ser tristes para poder templarnos alguna vez, algún día, un rato. Saber de la magia de la tristeza que no puede mostrase como escombro, porque somos parte de sus restos, esos que nos han dejado maltrechos, oscuros, inamoviblemente incrédulos, agrietados, desilusionados, pausados.
¿Acaso alguien puede creer en alguna espera, en algún vuelto que no le cobramos a la vida ¿En alguna hendija de luz que nos haga parecer inexpertos?
Tristes. Arrastramos los pies para no olvidar nuestros pasos; para marcar un sendero del que nos arrepentimos.
Tristes para llorar, para amar lo perdido, la ilusión de lo que no vuelve, la verdad de sabernos expugnables.
(Y vamos porque hay que ir)
Siempre estamos viniendo de algún paraíso perdido.

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