sábado, 19 de abril de 2008

juego de guerra

Imantados escaques.
Sesenta y cuatro, ni uno más. Casillas blancas en las esquinas derechas esperan el reparto de las piezas que con solemne soltura se colocan para combatir en un suelo que recrea la vida misma.
Dieciséis piezas de colores opuestos concentran la mirada desde arriba, cada una con su destino predeterminado o azaroso, de acuerdo siempre a la estrategia del que juega a lo imaginario con la creación de otro.
Ámbar y negro intercalando fuerzas, pasiones, determinismos, esperanzas, vencedores y vencidos.

(…)

Y jugamos a vivir, viviendo.
Y vivimos para contarlo, para abreviar en lo posible la trágica secuencia que va de aburrimiento en aburrimiento.
Una movida es un gozo o un dolor; es la beatitud o la maleficencia; es el recuerdo o el olvido; es sabernos inmemorialmente prescindibles; es no dejar rastros, ni pisadas, ni heridas, ni consuelos, ni decepciones.
Y nos alineamos horizontal y verticalmente para vencer siempre. A veces, no pudiendo, pero evitando concluír despiadadamente con nosotros mismos por pura supervivencia.
Y somos transferibles tanto como el juego lo indique; y somos intercambiables; y somos burlados en la confianza y somos lo que reinventamos de nosotros mismos.
En cada partida de amor, podemos ser lo que desean que seamos, sin ser; existiendo sólo al arbitrio de necesidades ajenas, para comernos, para jaquearnos, para matarnos.

(…)

Imantados escaques llenos de horas; de comienzos y finales; de tragedia o comedia en la diatriba de las noches y los días.
Las batallas amuralladas del corazón se dejan estaquear a puro placer hasta enrocarnos para defendernos.
Y ésta es la última partida que dedico a un añejo amor que retorna incalculable e inclaudicablemente tantas veces como milenios; tantos disfraces como jornadas; tantas horas como estaciones; tantos olvidos como inviernos.

)…(

Jaque mate a un rey
...

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