sábado, 3 de mayo de 2008

El juego

"Cuarenta cartones pintados,
con palos de ensueño, de engaño y amor.
La vida es un mazo marcado
baraja los naipes la mano de Dios"
(Homero Manzi)
Iban por la cuarta mano de truco, ya no tenían dinero, ni papel para anotar, fue entonces cuando decidieron apostar algo que resultara más interesante. Así comenzaron la quinta mano jugándose el alma del vecino de enfrente, un tal Riquelme.
Ganó Suárez. Su rival, Zotto, debía entonces ir a comunicarle al vecino la noticia de su pérdida, y convencerlo que a partir de ese momento era un desalmado.
El ganador le dio a Zotto siete días de plazo para que cumpliera con su apuesta. Durante esa semana Suárez notó que Riquelme no lo saludaba cuando se cruzaban por la calle, ni lo miraba, sino que se daba vuelta, bajaba la cabeza o se tapaba los ojos.
Al octavo día apareció Zotto. Traía un pergamino en el que Riquelme aceptaba entregarle su alma a Suárez, estaba escrito y firmado con sangre. Suárez felicitó a Zotto por lo buen perdedor y pagador que resultó, y lo despidió con una palmada en el hombro.
Guardó el pergamino en un tubo. Una angustia atroz no le permitió dormir en toda la noche. Sentía culpa. Al día siguiente tomó el pergamino y cruzó a la casa de Riquelme. Su esposa abrió la puerta:
-Ah....es usted....y ahora qué quiere?
-Está su marido?
-Sí, pero enfermó...ya sabe...
-Necesito devolverle algo...reparar esta situación, si puedo.
-Está bien, pase.
Riquelme estaba inmóvil, en una cama que le quedaba enorme. Parecía consumido, ojeroso y pálido.
- Disculpe....Puedo entrar?. preguntó Suárez titubeante.
-Ya está adentro...
Suárez se paró junto a la cama y colocó el pergamino bajo los huesudos dedos de Riquelme.
-Tome, se lo devuelvo...
-No puede imbécil, replicó Riquelme con asco.
-Pero si todo fue una broma...un juego...vamos, tome, es suyo...., insistió Suárez.
-Usted no entiende nada! El mal ya está hecho. Lo hubiera pensado antes...
La mano de Riquelme se deslizó, laxa, hacia el borde de la cama, y el pergamino cayó al suelo, a los pies de Suárez. La cabeza quedó hacia atrás, con los ojos abiertos y en blanco. Estaba muerto. La mujer se agachó llorando, levantó el pergamino y se lo entregó a Suárez, quien estaba casi tan pálido como el muerto.
-Tome, cuídelo mucho, por favor.
-No señora. No. Quédeselo usted.
-Suárez....sabe que no puedo...las cosas son como son, y hay que aceptarlas.
Le colocó el pergamino dentro del bolsillo del saco y lo acompañó hasta la puerta de calle. Al salir, sin que ella se diera cuenta, Suárez dejó caer el pergamino dentro de un paragüero que había en el zaguán.
Regresó a su casa temblando. Decidió acostarse, sentía fatiga y dolor en todo el cuerpo. Durmió hasta el día siguiente. Todo parecía un sueño, de esos que se mezclan con la vigilia y los sentimos tan vívidos como si ocurrieran.
Por la mañana se vistió para ir a trabajar y notó que en el bolsillo del saco asomaba el pergamino.

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