domingo, 8 de junio de 2008

esencial



Qué grave sería que fuesemos por el mundo sin apoyar la mano en nuestro pecho y sin decir en voz alta, aunque sea para nosotros: sí, en algo estoy errado. Si no fuera así, nos convertiríamos en tristes, desafortunados, demasiado escudriñadores a los simples fines de encontrar defectos en los terceros para acomodarnos satisfechos en la poca imaginación que tendríamos de nosotros mismos...y no se trata de imaginación, se trata de sinceridad y entereza para, con las manos en las rodillas y mirando más de una vez el suelo, descubramos siempre lo que somos, los efectos de nuestra acciones u omisiones...sin disculpas...con la fiel crueldad de la honestidad.

Todos en algún momento hemos transitado por ello, todos en algún momento bajamos a algún infierno...y sólo nos podríamos convertir -a veces- en necesariamente auténticos, si creemos que la vida es mucho más que asignarnos algún papel para transitarla...y si nos gusta lo histriónico, que no sea hipócrita...que sea un juego, que sea una representación límpida, que no perjudique a terceros buscando ganancias ante yerros ajenos.

Que nos aceptemos o no, pero que seamos fieles a nuestros principios, (siempre que los tengamos, claro...).

Todo invento sin sustento, tiende a debilitarse diariamente, porque huelgan las esencias y también está ausente la locura..esa porción indispensable para que la representación se ennaltezca. Y sin vuelos, sin inspiración, sin empecinamientos, lo gris es lo que queda en el alma (y debe doler saberse prescindible, humanamente hablando, para los demás...aunque sea para un puñado de almas).

Darnos de bruces, tener enemigos inteligentes, o dignos de nuestra condición, casarnos con dios o con el diablo, tomar partido y no intentar ser siempre, simples observadores, nos sobreseé de llevar una existencia de arrepentimientos y de tiempos perdidos. Sea lo que seamos, hay que latir en cada segundo.

Guardar silencios sobre los demás, defenderlos, quererlos y sentirnos imperfectos, pero leales, nos vaticina muchos cielos y muchos soles en esta corta y única existencia.

Y empecinémonos para no convertirnos, nunca, en una hoja en el viento.

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